Esta paranoia se me vino a la cabeza estando esperando la cola de un supermercado en Valencia. Aquí os la dejo:
Me acabo de partir la cabeza contra un árbol. Iba conduciendo y de súbito he perdido el control. No oigo nada. De vez en cuando percibo barullo, sonidos de alerta y nerviosismo. Estoy muerto.
Durante mi corta vida, apenas 26 años, he oído que cuando uno sufre una experiencia cercana a la muerte o cuando pierde la vida sin remisión, su vida pasa en cuestión de segundos por tu cabeza. A mí no me ha pasado eso. Aún así, estoy muerto.
La gente, en programas de televisión basura, en los que cuenta su vida, dice que han sentido la muerte de cerca. Que han sufrido una especie de shock que les ha llevado por un túnel hacia la claridad más extrema y que durante ese viaje recorren su vida, fotograma a fotograma, analizando sus buenos y malos actos. Comentan que como es de suponer, al salir del trauma y descubrir que no están muertos, se convierten en mejores personas. Son, siempre según ellos, mejores personas, mejores padres, mejores madres, mejores vecinos, amigos, compañeros de trabajo, porque han percibido a la muerte soplándoles en el cogote, y han escapado a ella, por eso son mejores personas. Testimonio que no deja de ser paradójico, puesto que sino hubieran visto la barca de Caronte, hubieran seguido siendo malos. Lo que nos viene a decir, que o sentimos que dejamos este mundo de manera irremisible, o seguimos siendo unos hijos de puta.
Pero este no es mi caso. Yo no he visto nada del pasado. Ni túnel ni nada. Durante unos instantes, tampoco puedo especificar cuánto, he estado inerte, sin pensar en nada, únicamente que estaba muerto. Me parece sentir millones de litros de sangre acariciándome todo el cuerpo. Como si ríos inmensos y altamente caudalosos se hubieran formado a partir de cada poro de mi piel.
Pasada esa sensación física, de pérdida de temperatura y emanación masiva de sangre a lo largo y ancho de todo mi ser, comencé a percibir sentimientos. Sentimientos sí, pero no de pérdida, sino de añoranza. Yo no me veía de pequeño jugando en la cocina de mi abuela, veía cosas alejarse. Como si tomara un barco en el muelle, sin destino conocido, consciente de que se acaba todo, de que ya la nada iba tomando cuerpo, había zarpado directamente hacia la nada, y no me arrepentía de nada de lo que había hecho, sólo pensaba lo que no iba a hacer.
Ya no iba a levantarme una mañana de invierno. Una mañana de esas que al levantar la persiana de la habitación, a medio liberar por las garras del sueño, percibes que fuera, en la calle, hace un frío de mil demonios y maldices perder el calor de las sábanas y tener que enfrentarte a los vientos fríos de la mañana invernal.
Ya no iba a sentir el frío del agua rasgándome la cara al lavármela. Ni el pegajoso de la pasta de dientes en los labios, ni el engorro de afeitarme cada mañana. Ya no iba a sentir ese mono inevitable que siento todas las mañana de café y nicotina. Ya no toseré como un perro, ya no sentiré mis pulmones salir de mi cuerpo cada mañana a causa de la legión de cigarrillos que ha invadido mi ser.
Ya no iba a sentir esa emoción y esa incertidumbre que uno siente al conocer una nueva ciudad, un nuevo barrio, unas nuevas gentes, una nueva manera de vivir la vida. Ya no iba a sentir la presión de la gente caminando las calles, cada uno a su bola, tratando de llegar a sus trabajos.
Ya no iba a sentir nunca más ese sosiego que uno siente al volver a su tierra. Al volver a ver a su gente, al volver a ver el sitio donde me crié. Ya no volveré a añorar a los seres que perdí, puesto que yo también estoy perdido. Tampoco volveré a preocuparme por los seres de mi alrededor que pasan calamidades, ni en el tercer mundo ni en el Centro de Manhatan.
Ya no volveré a enfurecerme por las injusticias del mundo. Ya no se me va a rasgar el corazón por el menosprecio a la vida de los ciudadanos que practican la mayoría de los políticos. Ya no volveré a discutir con nadie por si tal o cual cosa esta mal o bien hecha.
Ya no volveré a sentir hambre. Esa hambre que hace que te sientas vivo, jodido, pero vivo. Ni volveré a sentir ese estremecimiento que uno percibe al tomar el primer bocado tras una larga travesía por la carestía alimenticia. Ya no volveré a aliviar en el water, esas necesidades que a algunos le parecen ciertamente escatológicas, pero que a mí no me lo ha parecido nunca, puesto que aliviar alivia, por mucho asco que pueda dar.
Ya no volveré a sentir el líquido atravesándome el gaznate. Ya no volveré a sentir ese incipiente mareillo que uno siente cuando se está pasado de copas, y ya no volveré a caer en la cama semiinconsciente por los efluvios de Baco.
Ya no volveré a sentir el orgullo que da que alguien de tu alrededor triunfe en la vida, ni volveré a sentir el orgullo por las cosas bien hechas por mismo.
Ya no volveré a sentir el cosquilleo que sentía cuando la veía a ella. Ya dejaré de plantearme si me querrá o no. Ya no haré planes de futuro, ni pensaré en como acoplarlos a sus propios planes. Ya no sentiré furia cuando me dé cuenta que no me quiere. Ya no me hundiré en la miseria cuando la vea con otro. Ya no sentiré sus dedos acariciando mi piel, ni mi lengua embadurnándola todo su ser. Ni su respiración contra la mía mientras la beso. Ni su mirada cómplice hinchándome de vida. Ni el alivio de su abrigo. En definitiva, ya no volveré a sentirla.
Ya no volveré a ver un anochecer, ya no volveré a escuchar una bella melodía, ni el gratificante llanto de un bebé, ya no volveré a percibir el olor del mar, ya no volveré a contemplar el paso del tiempo, ya no volveré a hacer nada, voy a la nada.
Mientras recorría este cúmulo de situaciones y emociones he sentido un chasquido. Una ruptura. Algo que me recorría de arriba abajo. Algo que me sacaba de esta dulce pero amarga amalgama de sentimientos.
-¡Aprisa que le perdemos!-
No corráis, no os apresuréis, no os preocupéis. Ya estoy muerto.

