Cuando José Luis Rodríguez Zapatero se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso dirigente del Partido Popular. Estaba tumbado sobre su bandera de Estados Unidos, graciosamente colocada sobre su espalda y, al levantar un poco la cabeza veía un símbolo extraño, enigmático, similar a una "s" mayúscula, sobre cuya protuberancias se cruzaban verticalmente dos rayas. Sus muchas patas, geometría variable, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, similitudes con el PP, le vibraban desamparadas ante los ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana con busto de Pablo Iglesias incluido, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de peticiones de la CEOE -Zapatero era presidente del Gobierno ¡y socialista!-, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con una toga y con el brazo levantado soportando algo similar a una pesa romana, que estaba allí, levantaba hacia el observador un pesado sentimiento de incomodidad. Trataba de recordar porque le habría tapado los ojos a la dama con un eding negro bien gordo.
La mirada de José Luis se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana que producían graciosamente las notas de la Internacional- lo ponía muy melancólico.
«¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado izquierdo, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado izquierdo, una y otra vez se volvía a balancear sobre la bandera hacia su derecha. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido...

Así comienza la Metamorfosis de Kafka - con algunas variaciones-, y así me imagino yo al Presidente Zapatero cada mañana. Y es que este buen hombre que surgió en la vida de los españoles y las españolas como Bambi, se ha transformado en muy poco tiempo en Gárgamel, el malo de los Pitufos.
Zapatero en pocos años -aunque el término mucho o poco dependa de cada cuál- ha conseguido transformarse en el siniestro hombre que derrotó en la urnas: Aznar. No pretendo en este post hacer un análisis exhaustivo de la actualidad, sino hacer una breve referencia a la misma, dándole un pequeño toque de humor. Bueno o malo, ustedes juzguen.
El Plan de ajuste, la Reforma Laboral, la tibieza en el conflicto del Sáhara, sus reuniones con los del Ibex, el desamparo de los parados de larga duración, la privatización de servicios públicos, hacen realidad más que palpable, lo que muchas y muchos veníamos diciendo durante mucho tiempo: el PP y el PSOE son lo mismo con distintas siglas. Mucho ruido, mucha guerra, pero a la hora de la verdad son calcados. A los que nos llaman extremistas trasnochados, cada vez les quedan menos argumentos, y la defensa de las políticas de ZP cada vez se presenta como tarea más ardua.
Zapatero, el camino que lleva no es bueno, ha tratado a los españoles como si fuéramos tontos, y la excusa del patriotismo barato no va a hacer que nos callemos.
Un saludo